Yo era como una niña fascinada ante una pastelería.
Inesperadamente, me volví de costado y ambos quedamos frente a frente. Me di cuenta de que no me había atrevido a mirarle a la cara desde que había subido a su casa. Así que me sorprendió encontrar su mirada ya clavada en la mía y a la expectativa. Durante algunos segundos permanecimos inmóviles, mirándonos a los ojos sin más expresión que la de la ansiedad compartida. Además intuí un destello de deseo, quizá algo burlón. Yo, además, creí imaginar un brillo de afecto protector y sonreí tontamente mientras adelanté la barbilla y cerré los ojos. De manera confusa yo anhelaba no sé qué. Cuántas expectativas contenía el gesto insignificante y, sin embargo, poderosísimo de adelantar la barbilla y entrecerrar los ojos para recibir un beso, qué inmensa carga de esperanza transportada, qué inmensa carga de temor viajando a su lado, en el mismo avión. Se trata de un gesto fugaz que anula cualquier otro, cualquier movimiento del cuerpo, como el temblor nervioso de las manos, pues toda mi alma estaba concentrada en esa tímida ofrenda de los labios.
Fue un abrazo torpe, apenas un rápido y breve acercamiento, un desmañado ajuste de los labios (mejorado después). Él se separó y se quedó mirándome un instante. En mis ojos se encendió una llama ante el pensamiento de lo que estaba a punto de llegar. Experimenté como un mareo al abrazarle y saber lo que estaba a punto de suceder.
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