El mundo es siempre un mundo de estreno para los recién llegados. Pero que poco nos dura.
Cuando descubrimos que hay tal cosa como un pasado, que el mundo no siempre ha sido así sino que el mundo varía, cambia y se transforma, ya es demasiado tarde. En cuanto nos percatamos de que hubo un tiempo pasado, inevitablemente nos parece haber perdido algo porque descubrir el pasado es comenzar a ver el presente como un envejecimiento del mundo anterior. No es que "cualquier tiempo pasado fue mejor", no, no es melancolía, es que cuando concebimos un mundo en tiempo pasado estamos cubriendo de ceniza el tiempo presente, le estamos marcando con arrugas y cicatrices.
Y es que vivir es ir produciendo pasado y sin él la vida sería imposible. El pasado comienza mucho más temprano de lo que nos parece.
En compensación, el gozo, el deleite, la fruición suspenden el presente y el pasado, los reúnen en un instante único sin sucesión. El placer nos saca de nuestras casillas y nos permite vivir fuera del tiempo, de modo que al placer más democrático lo llamamos "la pequeña muerte". También el extremo dolor nos saca de quicio: el torturado vive en un instante que no tiene pasado ni futuro y se sostiene sobre una tensión mortal.
¿Estamos condenados a lo que ya ha sido, lo que fue, simplemente porque ya no es? Bien puede darse que una época sea objetiva o razonablemente nefasta. ¿Da lo mismo? ¿En cuánto se convierta en pasado se esfumarán los ácidos corrosivos, la maldad intrínseca de cada instante, y se adonizará? Yo no lo creo. Soy consciente en este momento de que mi pasado no es deseado, no en forma de futuro, ni de ficción, ni de poema, ni de arte. No vuelvo para construir un pasado, porque sería construir un deseo que ya no existe.
Vivo mi presente acarreando mi pasado, porque un presente sin pasado tiene la forma de la negación misma de la vida. Y yo no niego a la vida, la celebro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario