A veces me sorprendo mirando al cielo y hablando sola. Afloja un poco, por favor, no aprietes tanto. Entonces me asusto y me pierdo. Me bloqueo. En algunas ocasiones, no siempre, siento un misterioso consuelo.
Lo que me pasa cuando discuto con mi hija es más extraño aún, porque la miro y no la reconozco, pero la escucho y me reconozco a mí misma al otro lado del tiempo, con casi un mismo discurso y los mismos argumentos para perseguir objetivos distintos, o casi. El tono es diferente al mío, tan diferente. El entorno también.
Me faltan palabras para explicar lo que siento, el escalofrío que me ahueca los huesos y espanta la sangre cuando debo decir no e intentar tener la firmeza suficiente. Me faltan palabras para explicar lo que siento ante cada enfrentamiento que tenemos.
No sé como explicarle lo que significó para mi verla por primera vez, mirar aquel bulto sonrosado con un trapo enrollado en la cabeza, caliente, sentir su fragilidad y el compromiso de cuidarla, de alimentarla, de enseñarla a hablar, a andar, a defenderse sola. No sé como explicarle que entonces también tenía miedo de todo, de que enfermera, de que tuviera problemas para crecer, para aprender, para llegar a ser lo que es ahora, una casi adolescente guapa, curiosa, inteligente, autónoma, y, aunque a veces se empeñe en demostrar todo lo contrario, o quizás precisamente por eso, sensible. Una persona con muchísimos motivos para ser feliz y un desprecio radical por su propia felicidad y por la mía.
- Y lo único que quiero, lo único que me apetece, de verdad, es irme de esta casa, y así estaremos las dos bien: tú, porque te quitarás un problema de encima, y yo, porque podré vivir como me dé la gana.
Hay que seguir teniendo firmeza, mano izquierda, poder de persuasión, infinitas dosis de amor, para que las hijas rebeldes que son ahora, algún día se arrepientan de cada grito, de cada desafío, de cada portazo, de cada infructuoso tormento.
- Bueno, ¿me dejas o no?
- No.
- Te odio, ¿lo sabes?
- Lo sé.
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