¡La vida, en ocasiones, es dura amigos!
No vamos a negar que todos vivimos momentos de negativa agitación interior. Momentos laborales, sociales, familiares, incluso, que nos provocan un acusado hervor y sordas convulsiones en el pecho, que van subiendo por los hombros, hacia el cuello y llegan hasta la garganta donde, una de dos, se reprimen, o las dejamos escapar con todas sus salvajes hechuras.
En otras ocasiones, puede ser peor, puesto que esa rabia contenida cambia de rumbo y se desplaza por los hombros, hacia los brazos, tocando esos nervios que reciben la orden de cerrar el puño y golpear lo que tengamos delante.
Cosas que nos ocurren en momentos concretos, aunque la ira que generan apenas dura unos pocos segundos, por suerte. Si la indignación va acompañada de autocontrol, entonces todo va bien... Lo malo es que esa indignación, esa rabia contenida, no vaya acompañada de autocontrol y, aún peor, no esté exenta de la cobardía del hombre que reluce en el momento en el que siempre paga con el que es más débil. Recibir el palo del fuerte, callarse, hervir por dentro y pasar a dar el palo al débil, haciendo de éste el repositorio de nuestras frustraciones. Triste y también real en más ocasiones de las que quisiéramos.
Siempre queda, insisto, la esperanza de que el autocontrol y la valentía para con el débil se imponga.
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