jueves, 10 de julio de 2014

¡¡Qué fuerte!!!






El otro día estaba leyendo un artículo de El País Semanal con el título de Infelicidad digital (Francesc Miralles), y es qué es tan cierto todo lo que dice, que es para hacernos recapacitar sobre nuestros nuevos hábitos, que por otra parte, ahora los tenemos tan arraigados como si hubiéramos estado haciéndolo toda la vida. Os reproduzco alguna de las partes de dicho artículo.
 
 
En los últimos años, la implantación de las redes sociales ha sido de tal calado que, hoy día, a la mayoría nos cuesta imaginar cómo nos relacionaríamos sin WhatsApp, Facebook o Twitter. Éstas y otras herramientas digitales nos permiten estar en contacto permanente con gran número de personas, pero también han multiplicado las posibilidades de enfadarnos con un amigo, compañero o familiar, además de precipitar un sinfín de separaciones.
Con la irrupción de WhatsApp, Messenger y similares en los dispositivos con tarifa plana, la gratuidad ha propiciado una bacanal de mensajes de todo tipo que llegan a nuestro bolsillo a cualquier hora del día o de la noche.
Más allá del estrés que provocan los grupos de conversación o las constantes interrupciones durante el trabajo, la urgencia -a menudo se nos exige una respuesta inmediata- y el exceso de estas comunicaciones presentan los siguientes riesgos:
 
- Exposición a la curiosidad ajena. En cualquier momento puede aparecer un mensaje íntimo en la pantalla de nuestro smarthphone, que si está sobre una mesa atraerá la mirada de nuestro jefe, pareja o amigos.
- Dispersión en actos sociales. Aunque muchas personas ocultan su enfado, la continua "desconexión" del interlocutor para atender lo que pasa en su teléfono genera irritación, además de una interacción de baja calidad.
- Horas inusuales de conexión. Estos programas permiten que otros sepan los momentos en los que tienen lugar las comunicaciones, lo cual genera desconfianza en las parejas y no pocas trifulcas.
 
Sobre esto último, un estudio publicado calculó que la aplicación WhatsApp ha ocasionado ya 28 millones de rupturas entre usuarios, sobre todo por discusiones que tienen que ver con la última conexión de la pareja, o por la sospechosa falta de respuesta tras un "doble check", la señal que avisa de que el mensaje ha llegado a su destinatario y que muchos interpretan erróneamente que significa que el mensaje ha sido leído.
Según el estudio antes mencionado, el 95% de los usuarios de Facebook han buscado alguna vez a su ex, lo cual favorece los reencuentros e infidelidades. Incluso cuando estás últimas no se producen, nuestra actividad en la red social con otras personas puede provocar celos y discusiones de pareja.
Una práctica habitual en algunos procesos de selección de personal es investigar el muro del candidato. El tono de los post refleja el carácter íntimo de la persona, y las fotografías dan testimonio de los ambientes por los que se mueve.
Lo que consideramos un entretenimiento y un punto de encuentro con amigos, mal utilizado puede convertirse en una amenaza para nuestra imagen y en una fuente de conflictos personales.
Habría que limitar el tiempo de conexión. Alguien permanentemente pegado al teléfono o al ordenador se vuelve odioso para su pareja y levanta suspicacias en el puesto de trabajo. Establecer un horario de conexiones que no sea invasivo con la vida no virtual sería el primer paso para un uso razonable de los dispositivos tecnológicos que nos rodean y que tan útiles pueden ser si son inteligentemente gestionados.
Y evitar la dispersión. Es preferible dedicar una hora al día, de forma continuada, a actualizar nuestras redes que el continuo "entrar y salir" que nos agota mentalmente y no nos deja concentrarnos en lo que estamos haciendo, incluyendo nuestra vida íntima.
La idea básica es cambiar el concepto de cantidad por el de calidad. No se trata de responder por compromiso cuantos más mensajes mejor, sino de poner los cinco sentidos en aquel escrito que puede marcar la diferencia en nuestra vida.
Ciertamente, Internet y las redes sociales han transformado de forma irreversible nuestra forma de relacionarnos, pero si utilizamos estos instrumentos como algo más que una explosión de datos, los pondremos a trabajar a nuestro favor. Con un uso inteligente de las redes, acotado y de calidad, potenciaremos nuestra vida personal y estaremos presentes en cuerpo y alma en nuestras relaciones con los demás.
 
 
¿No os sentís identificados? Yo sí. Aunque cada vez soy más selectiva y de vez en cuando, hago una "limpieza" en mis redes sociales. Pero aún así siempre hay alguien que se entromete en mi intimidad, como dice el texto, a deshoras y con cierta exigencia, hay gente muy invasiva. Y, también es verdad, que ya no estoy tan enganchada como al principio de su uso. Lo dosifico y ya no me estresa. No me siento en la obligación de dar respuesta inmediata, o sino creo que deba darla. Poco a poco, dejo de consumir sensaciones y hábitos que no deseo que me enganchen, porque todo es subjetivo y parcial, y los voy reemplazando con aquellos que sí quiero.
 

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