Extraño todo aquello irrevocable que me recordaba que era tuyo.
Me pertenecía a mí, y ciertamente, extraño tu compañía.
Extraño tu cara y el placer que me daba saberte cualquier día a cualquier hora
y en el país que fuese, libre,
y que yo podía besarte sin prisas ni vergüenzas.
Y podíamos decir lo poco que vale el tiempo si lo pasábamos así,
enterrados tu pecho y el mío.
En el mismo vagón y hacia el mismo lugar.
Tengo un miedo esta noche;
me duele el corazón (o el pecho) como si ya, por fin, se hubiese roto por completo.
A la mitad.
En pedacitos.
Y con esto no quiero decir que soy muy sentimental o que me duele el hecho absoluto de habernos olvidado del calor, de las manos, de la fascinación que sentíamos por lo precioso del sentimiento si te decía "te quiero".
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