Me encantan las manos.
Me gustan mucho.
Lo dicen todo.
Lo dan todo.
Lo quitan todo.
De esas de: me gustaría que estuvieras aquí ahora.
Puede que haya tocado muchas, pero sólo recuerdo dos.
De las que lo dan todo.
A veces son firmes, de esas que no tiemblan jamás.
De esas que construirán un universo en expansión.
Otras veces expresan mundos desesperadamente vacíos.
Hacen sentir bien a los demás, a mí, pero sin ti, son algo inerte. Necesitan tu alma.
Siesta, entre ellas.
Las tuyas, las mejores. Sí, esas.
De rezar y esperar.
De las que impiden males mayores.
O de esas que terminan en solitario.
O de las que te ponen todo en tu sitio.
A veces son esas que se despiden cuando todos se han ido.
Hay otras que te harán sufrir. Sin remedio. Sin piedad. Sin lágrimas.
A veces están tan cerradas, tan agarrotadas de odio, que no pueden acariciar.
Pueden expresar mundos desesperadamente vacíos.
Estas son las mías. Que vibran y tiemblan como las alas de una mariposa que tiene frío y busca tu calor.
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