El caso es que yo también estoy de vacaciones y dejo por unos días de trabajar. Sí, ya sé que preferirías que siguiera encadenada al ordenador mientras tú disfrutas de tu merecido descanso.
Pero una también tiene una vida. O algo así. Y también necesita descansar. O algo parecido.
Estoy hablando de despertarme cuando sea y no cuando toque. Obligarme a no abrir los ojos hasta que me lo exija el cuerpo o la vejiga. Quedarme soñando hasta que salgan los créditos. Y utilizar las ganas como único despertador. Salir de la cama como quien se quita un yeso. Liberada y torpe, arrugada y sin ninguna flexibilidad.
Vestirme con lo mínimo imprescindible. Salir a la calle y olvidarme del reloj. O el móvil. Y a veces, hasta el monedero. Sentarme en un sitio simplemente porque sí. Tratar de adivinar el día de la semana que debe ser hoy. Leerme un periódico de cabo a rabo y darme cuenta en la última página que es el de hace dos días. Comprarme el de hoy y tampoco hallar tantas diferencias.
Empezar ese libro que tanto me apetecía leer. Y acabar dejándolo a medias por falta de tiempo. En vacaciones, sí. Ya. Vale. Acabarme otro libro y no estar muy segura de si en algún momento lo llegué a empezar.
Bajar a la playa o ir a esquiar. Buscar mi lugar en el mundo.
Tumbarme de lado. Contar minuciosamente los minutos para darme la vuelta y permanecer el mismo tiempo del otro. Desarrollar de memoria y sin ayuda externa una tesis doctoral sobre la sofisticada ciencia del moreno uniforme aplicado a un cuerpo. Ahora con más arrugas. Y más lunares. Ojo con ese lunar. Me vigilas la toalla, que me remojo y vuelvo. Este calor no hay quien lo sude. Que me vuelvo al bar.
Quedar para comer con unos amigos. Que lleguen todos tarde y que a todo el mundo le dé igual. Se habrá quedado siempre por aproximación. Tanto en el espacio como en el tiempo. Así seguro que nadie se equívoca. Porque esa es otra máxima del descanso. No hay nada que exigir, porque no ha habido nunca mayor exigencia. Ya nada importa porque todo lo que queda es importante.
Alargar la sobremesa. Empalmarla con una cena. O con dos. Levantarme de la mesa a la luz de la luna. Dedicarle a ella esos cuantos kilos de más. Pasar por casa sólo para quitarme la arena. Y volver a salir hasta que no haya más que vivir por hoy. Jamás irme a dormir por lo que vaya a pasar mañana. Sino por lo que ya no vaya a pasar hoy.
Amar la vida. Pensar, divagar, filosofar. Arreglar el mundo varias veces antes de perder el hilo de lo que estaba diciendo. Y mientras tanto, atender religiosa y puntualmente a las cuatro F: follar, follar, follar y follar.
En definitiva, cambiar de rutina. Estrenar nuevos modos de aburrirme. Llegar a echar de menos todo aquello que el resto del año me acabó hartando. Y eso sí, un año más, como siempre, odiar la playa, odiar la nieve. Todavía más ;-))
Y así volver en enero.
Cuando lo que dices no es más bello que el silencio,
ResponderEliminarpor favor, guarda silencio.
Aquí no, en mi sitio no tengo porque hacerlo.
ResponderEliminarNo calles.
ResponderEliminarSon mis secretos
esos momentos
que nadie me roba
porque no alardeo
del deseo
de observarte
otros no lo ven
pero me encantas
ojalá te sintiera
así todos mis versos
se escaparían
de sus condenas
Gracias por tus preciosas palabras.
ResponderEliminar¡Feliz Año Nuevo!
Feliz año Marta. Te deseo de corazón lo mejor para tu vida.
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