miércoles, 3 de diciembre de 2014

Un poema épico



El Cantar de Roncesvalles

- ¡Cuéntame una historia, abuela!

- Siglos ha que con gran saña
por esa negra montaña
asomó un emperador:
Era francés, y el vestido
formaba un hermoso juego:
capa de color de fuego
y plumas de azul color.

- ¿Y qué quería?

- ¡La corona de León!

- Bernardo el del Carpio, un día
con la gente que traía
¡ven por ella! -le gritó-

De entonces suena en los valles
y gritan los montañeses
¡mala la hubistéis, franceses,
en esa de Roncesvalles!

- Me place la historia, abuela.

- ¡Con qué ejército, Dios mío
de tan grande poderío
llegó Carlomagno acá
¡Cuántos soldados!
no tiene más gotas un arroyuelo
ni más estrellas el cielo
ni más arenas la mar.
Los doce pares de Francia
también estaban, también.
Eran altos como cedros
valientes como leones,
cabalgaban en bridones,
águilas en el correr.

De entonces suena en los valles
y gritan los montañeses
¡mala la hubistéis, franceses,
en esa de Roncesvalles!

- Sigue contando...

- Salió el mozo leonés
Bernardo salió y luchando
y a todos los fue matando
y hubiese matado a cien.

-¿Y qué? ¿Triunfaron?

- Dios no los quiso ayudar
el alma les arrancaron
como al roble el huracán.
¡Qué gran batalla!
No fue menos el botín
banderas, cotas de malla,
riquezas y vituallas
se recogieron sin fin.
Diz, que dice un viejo archivo
que no quedó francés vivo
después de la horrible lid.
Y así debió ser
Pues vieron
el sol de estos horizontes
muchos huesos en los montes
y muchos buitres venir.

De entonces suena en los valles
y gritan los montañeses
¡mala la hubistéis, franceses,
en esa de Roncesvalles!


- ¿Y el emperador, abuela?

- Huyó sin un hombre luego,
la capa de color de fuego
rota y sin plumaje azul.
Bernardo el del Carpio
torna a Castilla, tras la guerra
y al poner el pie en su tierra
lo aclama la multitud.

- ¡Qué alegría, en verlas gozarás tú!
Hubo fiestas muchos días,
tamboriles, chirimías,
y canciones a Jesús.

De entonces suena en los valles
y gritan los montañeses
¡mala la hubistéis, franceses,
en esa de Roncesvalles!


Tengo que reconocer que no me gusta mucho la poesía. Pero esta me encanta. Me transporta a la niñez y a una de las personas que más he querido y que más echo de menos: mi abuela. Ella me la enseñó y gracias a ella me la aprendí. Venía en la Enciclopedia Álvarez, que usaban mi madre y mi tío en el colegio, y que ella guardaba ya sin tapas. Aún sigue circulando vieja y faltándole alguna hoja por casa de mi madre.

¡Qué gran mujer mi abuela! Todo un carácter. Un mal carácter en ocasiones. Pero con una independencia para la época que la tocó vivir, que ya me gustaría a mí. Y guapa, guapísima.

Recuerdo que todos los viernes cuando yo salía del colegio lo que más me gustaba era irme a su casa a pasar el fin de semana. No había un momento mejor. Me encantaba estar a su lado. Que me hiciera mis comidas favoritas y que me pellizcara la mano si no me lo terminaba todo. Y me encantaban todas y cada una de las habitaciones de su casa, su ropa en los armarios, la mesa camilla con el brasero debajo, la larguísima terraza llena de plantas (para las que tenía una mano especial), el ponerme su bata, su olor, y el como nos reíamos cuando mi hermano o yo le decíamos que repitiera una palabra rara y ella lo hacía y se mondaba de la risa (abuela dí winsconsca), las dos o tres cajas que guardaba con amor con un montón de fotos antiguas y recuerdos y que abríamos con frecuencia como si fuera la primera vez para admirar el contenido... Los veranos en la que fue su casa en Toledo, un pequeño apartamento en el barrio del Tránsito.

Recuerdo como uno de los peores días de mi vida cuando me llamó mi tía al trabajo por la mañana para decirme que la abuela Mica había muerto. Aún sigo sintiendo un nudo horrible en el pecho cuando voy de vez en cuando al cementerio. Aún me cuesta creer que la gente que es tan importante para nosotros un día se va y nos deja, y la vida continua, como si tal cosa. Y pienso que se ha perdido un montón de cosas de mi vida que le hubiera encantado ver y a mí que las viera. Y pienso que mis momentos difíciles no lo hubieran sido tanto con ella a mi lado. Ella era una persona que a mí me reconfortaba muchísimo. Y, aunque sé, que ella sabe todo lo bueno y lo malo que me ha pasado y que me pasa, yo se lo cuento igual.

Una gran mujer mi abuela. Y con una gran historia de amor a sus espaldas también. Tuvo varios pretendientes, ya he dicho que era muy guapa, pero ninguno debió de gustarle lo suficiente para dar el gran paso a pesar de que ya tenía una edad y entonces la gente se casaba jovencísima. Por cierto, que bonita palabra la de pretendiente ¿verdad?. Conoció entonces a mi abuelo, que era un poquito más joven que ella, y se casaron. Ella contaba 33 años. No la importó estar sola hasta que le conoció a él. Quiso la vida, el destino, que su matrimonio sólo durara tres años. Mi abuelo se cayó un mal día de un andamio y se mató. Tenían dos hijos. Ella siguió adelante como pudo y nunca quiso rehacer su vida, a pesar de que no le faltaron oportunidades. Siempre decía que jamás iba a encontrar a un hombre tan bueno, que la quisiera tanto a ella y a sus hijos, que estuviera tan pendiente de los tres, como mi abuelo. Y cada vez que le recordaba, muchísimas veces a lo largo de su vida, mi abuela murió con 85 años, siempre se le entrecortaba la voz y se la saltaban las lágrimas. Le amó hasta su final. Mi tío y mi hermano se parecen físicamente mucho a él.

Por eso también lo de su independencia. Trabajó mucho y muy duro. Y le gustaba vivir sola, cosa que hizo hasta poco antes de su muerte.

La echo mucho de menos, ya no con pena sino con una sonrisa y con un cariño enorme y especial por todo lo que me dió y lo que me enseñó, aunque se me escape también alguna lagrimilla, fue una época muy feliz para mí.

Y si Dios es justo, qué seguro que lo es, ellos están juntos ahora y lo estarán en las vidas que les queden por vivir.


De entonces suena en los valles
y gritan los montañeses
¡mala la hubistéis, franceses,
en esa de Roncesvalles!











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