Dejar de ser honesto, de ser transparente, cuánto más cercana la sentimos más sangrienta.
Y es que sucede en un contexto de confianza. Donde ha existido una traición, ha existido la confianza, porque de otro modo no habría nada que traicionar. Es en nuestras relaciones más cercanas que podemos sentirnos más traicionados; cuando hemos confiado y nuestra confianza ha sido destruida. Porque si aún se cometieran por debilidad más que por un própósito firme de hacer traición... Pero en la mayoría de las ocasiones no es más que convertir en una realidad a una mentira sostenida.
Y nacemos con una confianza básica, pura, porque todavía no hemos tenido experiencias que nos enseñen a no confiar. Lo que sucede con esta confianza primitiva es que a todos nos decepcionan. Metafóricamente, saltamos un día y descubrimos que no nos agarran, y terminamos cayendo, lastimándonos y sentimos esto como una traición. Nos sentimos decepcionados por nuestros padres, maestros, amigos, parejas, quienes por la razón que sea, nos hieren o son incapaces de satisfacer nuestras necesidades. Pero es duro pensar que la única defensa contra la traición es la desconfianza.
Cuanto más íntima o importante sea una relación, más intensa es la posibilidad de sentirnos traicionados. Después, nos damos cuenta de lo ingenuos que fuimos al confiar. ¿Por qué depositamos nuestra confianza en un lugar equivocado?
Y es que sin la posibilidad de traición, no hay necesidad de confianza. La traición nos despierta dolorosamente de nuestra ingenuidad, y nos enseña el mundo tal como es; no totalmente confiable.
Y cada uno de nosotros encara y asume a su manera, con dos respuestas esencialmente diferentes: venganza y perdón. Cada una de ellas con una definición de poder totalmente diferente. Dentro de su propio paradigma, cada sistema de poder tiene perfecto sentido. El paradigma de la venganza mucho más común, pero a fin de cuentas nos mantiene en el dolor. El paradigma del perdón nos permite la sanación.
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