La ira es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal (aunque uno puede tener ira por egoísmo, por ejemplo, por celos).
Puede ser descrita como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enfado violento. Deseo de venganza. Como una emoción que expresa enojo, resentimiento, furia e irritabilidad. También como fanatismo en creencias políticas y religiosas, generalmente deseando hacer mal a otros. También incluiría odio e intolerancia hacia otros por razones como raza o religión.
La virtud propuesta por la iglesia frente a la ira es la paciencia, es decir, actitud para sobrellevar cualquier contratiempo y dificultad.
La ira suele ser un patrón de comportamiento diseñado para advertir a agresores para que paren su comportamiento amenazante.
La ira es una emoción primordial, natural, y madura experimentada por todos los humanos en ocasiones, y como algo que tiene valor funcional para sobrevivir. La ira puede movilizar recursos psicológicos para una acción correctiva. La ira incontrolada puede, sin embargo, afectar negativamente personal o socialmente la calidad de vida.
Hay factores comunes que pueden predisponer a alguien a tener ira: fatiga, hambre, sufrimiento, frustración sexual, recuperación de una herida, el uso de drogas y cambios hormonales.
Para manejar la ira hay que buscar la causa de nuestro enfado. Comprender a los demás. Integrar actitudes de respeto y prudencia. Concentrarse en el presente. No dejar que el vaso rebose. Identificar lo que dice nuestro cuerpo. Cambiar nuestra forma de pensar.
Pero todos hemos experimentado la ira alguna vez. ¡Incluso a veces hemos disfrutado con ella!
No entendemos por qué los demás no hacen las cosas a nuestra manera.
A veces, nos proporciona la sensación de sentirnos vivos. ¡Hay excitación en el aire!
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