domingo, 15 de julio de 2012

Pereza




La pereza es el más metafísico de los pecados capitales, en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple pereza, más aún el ocio, no parecen constituir una falta. Tomado en sentido propio es una tristeza de ánimo que aparta al creyente de las obligaciones espirituales o divinas. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgana, aversión y disgusto por ellas es pecado capital nada más y nada menos. Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgana de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la pereza es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos. Considerada en orden a los efectos que produce, si la pereza es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal.
Contra la pereza, diligencia, nos dice la iglesia. Que pongamos esmero y cuidado en ejecutar algo. Es una virtud que se trabaja poniéndola en práctica. Significa que debemos cumplir nuestros compromisos, no ser inactivos, proponernos metas y cumplirlas en su debido tiempo, con entusiasmo.
Debo estar fatal o ser una pecadora nata. Os confieso que me encanta, de vez en cuando, descuidar mis obligaciones y mis quehaceres. Olvidarme de la ajeteadra ¿vida? que llevo. Tirarme con pereza en mi sillón, con el mando a distancia en la mano, el portátil, un libro, una copa de vino en la mesa, lo que sea..., y sentir como la laxitud me invade, es una sensación tan placentera el abandonarse de vez en cuando. Para mí es una especie de necesidad, una vía de escape y de desconexión. Esa es mi salud, ciertamente, no sé si eterna.

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