¿Qué impulsa a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y todas las culturas a iniciar su vida familiar a través de una fiesta nupcial?
Y es que en todas las bodas concurren tres elementos: el amor, la fiesta y el Derecho.
Respecto al primer elemento, aunque no se deba confundir amor y matrimonio, sería exagerado decir que ambos términos no tienen nada que ver. En la actualidad, y a diferencia de tiempos pasados, el amor está normalmente en el origen de la prestación del consentimiento matrimonial.
Por otra parte, el matrimonio no es algo privado, tiene una dimensión social, ya que constituye el punto de partida de una nueva familia, célula básica de la sociedad, la cual ha de "reconocer" públicamente esa nueva realidad. Tradicionalmente, la fiesta nupcial es el mejor modo que la sociedad ha encontrado para otorgar su reconocimiento.
Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente jurídico, la celebración del matrimonio es totalmente accidental: para el Derecho, lo importante es que se hayan cumplido todas las formalidades requeridas, haya o no fiesta.
He decidido que no quiero bodas, no de esta manera. No por una fiesta, no por firmar un contrato que nos diga lo que debemos o no debemos hacer. No quiero que se convierta en un acto social algo que debe ser profundamente íntimo. No quiero que tenga un valor jurídico. Y sobre todo no quiero que intervenga el poder de nadie, ni el de los hombres ni el de Dios.

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