jueves, 29 de noviembre de 2012

No de cualquier manera




Las mujeres tienen vagina, y los hombres, pene. Aunque nos dé cierto pudor hablar de ellos, es innegable  que hemos nacido con genitales. Y por más que el sexo se haya condenado a lo largo de la historia, seguimos aquí gracias a nuestra necesidad y capacidad de practicarlo. No hay nada malo en ello. Es un acto tan puro y natural como comer, dormir o respirar.
Si bien nuestro cuerpo jamás ha realizado ningún juicio moral sobre el sexo, nuestra mente todavía sigue contaminada por falsas creencias que limitan nuestra manera de disfrutar plenamente de nuestra sexualidad. Por más que nos cueste reconocer, en el inconsciente colectivo de la sociedad continúan reprimidos muchos sentimientos de vergüenza y culpabilidad. Aunque afortunadamente cada vez sucede con menos frecuencia.
Y dado que todo lo que reprimimos termina saliendo con más fuerza, formamos parte de una sociedad que nos bombardea continuamente con mensajes sexuales explícitos o subyacentes. Eso sí, en este caso la cantidad de estímulos que recibimos es inversamente proporcional a la calidad con la que se practica.
Debido a la falta de información y educación sexual, al pasar a adultos nos seguimos guiando por los hábitos mecánicos aprehendidos durante nuestra pubertad. Así, la mayoría de la gente se sigue metiendo en la cama siguiendo una serie de rutinas monótonas, carentes de imaginación y creatividad. Por eso con el tiempo suele desaparecer la atracción sexual hacia nuestro compañero o compañera sentimental, llegando incluso a caer en el desinterés, la inercia y el aburrimiento. De ahí que muchos opten por cambiar frecuentemente de amante o demonizar la monogamia como filosofía de pareja.
Por más que esta conducta sea la habitual, tan sólo deviene cuando se practica el sexo de forma mecánica e impulsiva, quedando atrapados en la biología, cuya única finalidad es garantizar la reproducción de la especie.
Yo creo que para lograr una mayor profundidad y satisfacción en la cama no nos queda más remedio que trascender nuestra impulsividad animal. Por eso casi todos nuestros encuentros sexuales no tienen como fin la reproducción, sino la búsqueda de placer, cariño e intimidad a través de la conexión sexual y amorosa con nuestro amante.
Tampoco importa el grado de compromiso ni de intimidad. Hay que apostar por transformar la forma de vivir la sexualidad, de manera que el amor y la pasión sexual se vuelvan verdaderamente sanos y sostenibles. Más allá de obtener placer, en mí late la necesidad de recuperar el valor sagrado que implica fusionarse sexualmente con otro ser humano. Pero eso sólo se encuentra en una piel especial que hay que saber reconocer cuando la encontramos. Porque, sino puedes relajarte con tu amante, ¿con quién podrás?
Y hay que ser complementarios, que uno encarne la polaridad sexual masculina (vigorosidad, fuerza, iniciativa), y el otro la femenina (suavidad, delicadeza, receptividad). Así el sexo se convierte en el puente que permite que los dos amantes se fusionen, volviéndose uno.
Cuando hacemos el amor no debemos dejarnos llevar por una fantasía sexual, porque así no seremos conscientes de lo que nos está ocurriendo en el momento presente. Nuestra atención no estará en ese momento, en el aquí de nuestra pareja, sino que estará entretenida en la creación de un amante idealizado o de una situación imaginaria. La contraposición es la relajación, esa es la puerta que nos conducirá al éxtasis. 





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