Debería empezar por confesar que buena parte de mi vida la he pasado siendo una niña adaptativa. Muchos de mi generación respondemos a ese patrón actitudinal: caer bien, quedar bien, hacerlo todo bien. Ser, ante todo, obediente. La manera de ser amada se correspondía con la capacidad de generar en los demás un estado de simpatía hacia mi persona. Y nada funciona mejor en este sentido que adaptarse a las demandas del medio y de las voluntades ajenas. Imposible desobedecer. Imposible fallar. Imposible actuar según los propios designios, según mis ganas y según los latidos de mi corazón.
Y adaptarse al medio no es ningún demérito, más bien al contrario. Sin embargo, cuando la adaptación se pone al servicio de las transacciones afectivas, de la búsqueda de la aprobación y estima de los demás, entonces tenemos un buen problema. Al menos yo lo tuve. Porque mi vida se convirtió en la obligación de ser buena, de corresponder a las expectativas ajenas. Y construí una identidad disociada: quien era por fuera y quien soy por dentro. La zona abierta y la zona oculta. Lo malo es que llegué a creer que lo que existía dentro de mí era vergonzoso. Y por eso tenía que ocultarlo. Si soy yo no me querrán, pensaba.
Lo que surge del fondo de nuestro ser es inteligencia, energía y afecto. Pero, en cambio, el modo de ser se adquiere a través de lo que se nos enseña, lo que se debe hacer, cómo hay que hacerlo y lo que no hay que hacer. No valemos tanto por lo que somos, sino por nuestra adaptación a un modo de ser ajeno a nosotros. Así construimos un exterior que, con tal de garantizarnos seguridad, afecto y felicidad, nos pide a cambio que renunciemos a nuestra naturalidad.
Una de las mejores lecciones orientales es ¡Todo con ilusión, nada por obligación! Me parece toda una declaración existencial. Hablar de ilusión y de felicidad, de fluir, de amar y de sentir pasión por aquello que nos gusta.
Atreverme a ser yo misma pasa por tener a raya a esa niña adaptativa, abandonar la obligación interior de ser siempre buena y preferir mostrarme con autenticidad. Aún tengo que vencer esas angustias que ahora perviven como mi memoria emocional. Tengo que abrazar la vulnerabilidad que siento al sentirme desnuda y descubrir lo bien que me sienta recuperar la naturalidad. No más reactividad, miedo o control.
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