http://youtu.be/d3et8s2z9wg
Ante un desengaño, ruptura o abandono amoroso, es inevitable pasar por fases de tristeza, desesperación, impotencia... Los sueños, las ilusiones, se rompen para una parte u otra de la pareja y suele empezar un calvario, cuya duración depende de cada afectado, y que pasa por varias fases.
La primera reacción puede ser llorar e implorar su amor. No se pierde la dignidad por decirle a alguien que le ama, pero sí se hace cuando le están diciendo que no le quieren a uno y se sigue insistiendo como si no se tuviera valor, como si en nuestra vida no fuéramos a tener la oportunidad de encontrar a alguien que nos merezca.
La persona despechada, que no entiende cómo todo funcionaba bien y de repente todo se desmorona, intenta a través de razonamientos hacer ver a la otra parte que se ha equivocado, que no va a encontrar a nadie igual, que todo vale la pena por el tiempo invertido y que hay posibilidad de corregir lo que antes no funcionó.
Otra fase es la que pasa del amor al odio, a la locura. Se verbaliza que no se quiere saber nada del otro, pero contradictoriamente se buscan mensajes, llamadas o algún indicio de que el ex puede haber recapacitado y volver.
Poco a poco, la vida se va ordenando. Como en todo proceso de pérdida, uno empieza a encajar en esta nueva etapa de su vida. Se empieza a normalizar la rutina, se duerme mejor, se trabaja como siempre, se relaciona con los amigos, el ex deja de ser el protagonista de las conversaciones y se comienza a tener ilusión.
Ya se está preparado para vivir sin la presencia del otro, no lo recuerda, y por fin ha pasado a un segundo plano. Esto no quiere decir que si nos lo encontramos por la calle no nos dé un vuelco el corazón o vuelva a despertarnos los buenos y malos recuerdos, pero por lo general vivimos ajenos a la ruptura. Ya no existe el desamor, sino un periodo en el que nos abrimos y nos sentimos seguros.
Normalmente vivimos instalados en la velocidad, pero cuando nos vemos inmersos en una ruptura amorosa, parece que todo se ralentiza, que no pasan las horas. Dejamos de vivir el presente porque es donde se convive con la tristeza y nos dedicamos a contemplar el pasado como si pudiéramos alterarlo. Hay personas que le dan vueltas y vueltas, fantasean con la posibilidad de regresar en el tiempo y lo verbalizan. Pero no es posible volver y tras unos meses, superado el infierno, a lo mejor la pérdida la vemos con otros ojos, incluso podemos llegar a ver la parte positiva.
No hay que vivir la separación de forma irracional, como si el mundo se acabase después de la persona a la que amamos. La emoción dominante en esos momentos es tan intensa que pensamos que es la única verdad que existe. La forma que tengamos de evaluar, de interpretar y de plantear la ruptura va a ser la clave para luchar y seguir adelante dignamente. Aceptando la pérdida, dejando de hacer reproches, de buscar culpables, de sentirse miserable... la vida sigue.
Salvo que seamos felices en la relación de pareja, nadie tiene la obligación de permanecer al lado de alguien a quien no valora ni ama. Somos libres de estar solos o buscar con quién sentirnos vivos. Nuestra pareja también. Raras veces se rompe el amor de mutuo acuerdo.
¡Qué bonita es la teoría y que difícil llevarla a lo cotidiano!
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