Al verlos juntos, nadie se atrevería a cuestionar que se quisieran mucho, pero ¿se estaban queriendo bien? Era evidente que, a pesar de sus buenas intenciones, los dos, por distintas razones, iban camino de marchitarse sin remedio si no hacían cuando antes algo al respecto.
"querida hortensia, no sabes como me gusta verte con la regadera cuando vienes a cuidarme, pero creo que ha llegado el momento de que sepas que a mi el agua me sienta muy mal y que no voy a poder recibirla como me gustaría. Sé que lo estás haciendo con todo tu cariño, pero con una vez al mes es mas que suficiente. Si te parece, haremos una fiesta cuando me toque...".
¡Vaya! Le respondió la hortensia pensativa... Precisamente yo tenía que decirte que a mi el sol me está quemando... Y quería proponerte que nos moviéramos a la esquina de la ventana, pues he visto que hay una zona de sombra en ese lado. Así, a ti podría seguir dándote el sol mientras yo me quedo resguardada de él".
El cactus y la hortensia se conocían bien a si mismos, pero también necesitaron conocer bien a su pareja. Esta conversación les sirvió para aprender a darse cuenta no tanto de lo que uno creía que le iba bien al otro, sino de lo que, de verdad, cada uno necesitaba para crecer y sentirse feliz.
(Amor del bueno, de Mila Cahue)

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