viernes, 8 de agosto de 2014

No morir de amor

Un día, un cactus y una hortensia se conocieron y se enamoraron.  Salían con frecuencia y juntos se divertían bastante. El cactus estaba feliz con las preciosas hojas de la hortensia y esta se sentía protegida por los recios pinchos del cactus. Les iba tan bien que decidieron vivir juntos en la repisa de una aireada y soleada ventana. Se querían de verdad y estaban muy ilusionados ante la idea de que su proyecto fuera un éxito. Por eso no era raro ver como la hortensia cogía una preciosa regadera y se acercaba una y otra vez al cactus para regarlo amorosamente. El cactus, al principio, cedía divertido, pero, como se conocía bien, pronto se dio cuenta de que, con todo el dolor de su corazón, le debería decir a su hortensia que lo de regar se iba a tener que acabar. No era tanto por que no agradeciera su gesto, sino porque él acabaría ahogándose debajo de tanta agua. A su vez, la hortensia tenía algo importante de lo que hablar con su querido cactus: últimamente sus flores estaban perdiendo parte de su belleza pues, en su afán por estar cerca de su enamorado, se estaba sobreexponiendo a los rayos solares que estaban achicharrando literalmente sus delicadas hojas.

Al verlos juntos, nadie se atrevería a cuestionar que se quisieran mucho, pero ¿se estaban queriendo bien? Era evidente que, a pesar de sus buenas intenciones, los dos, por distintas razones, iban camino de marchitarse sin remedio si no hacían cuando antes algo al respecto.

"querida hortensia, no sabes como me gusta verte con la regadera cuando vienes a cuidarme, pero creo que ha llegado el momento de que sepas que a mi el agua me sienta muy mal y que no voy a poder recibirla como me gustaría. Sé que lo estás haciendo con todo tu cariño, pero con una vez al mes es mas que suficiente. Si te parece, haremos una fiesta cuando me toque...".

¡Vaya! Le respondió la hortensia pensativa... Precisamente yo tenía que decirte que a mi el sol me está quemando... Y quería proponerte que nos moviéramos a la esquina de la ventana, pues he visto que hay una zona de sombra en ese lado. Así, a ti podría seguir dándote el sol mientras yo me quedo resguardada de él".

El cactus y la hortensia se conocían bien a si mismos, pero también necesitaron conocer bien a su pareja. Esta conversación les sirvió para aprender a darse cuenta no tanto de lo que uno creía que le iba bien al otro, sino de lo que, de verdad, cada uno necesitaba para crecer y sentirse feliz.

(Amor del bueno, de Mila Cahue)



No hay comentarios:

Publicar un comentario