viernes, 14 de agosto de 2015
Desiertos
Te despertaste ese día de una forma extraña, las ventanas no aparecían exactamente en el mismo sitio, y la luz solar penetraba en tu habitación de la misma manera y con el mismo ángulo. ¿Qué pasaba?
Anduviste, hasta darte cuenta de que a través de espejismos y brumas te dirigías por el desierto hacia la nada, acompañado de nadie. Y tras vagar y andar encontraste una hermosa mujer del desierto que muy en el fondo de tu mente ya conocías. La mujer te preguntó qué era lo que buscabas, no lo sé, respondiste, solo soy un viajero, solo vivo en todas partes, y a esos lugares pertenezco, ya nada es mío, pero tengo sed, muero de sed, necesito el calor, y necesito el agua, para no morir de frio, para no perder mis labios debido a esta sed, y debo continuar el viaje, debo llegar a algún sitio, que todavía desconozco, debo gritar ante un abismo que aún no existe, y ante oídos que aún no han nacido, el viaje es largo.
La mujer te ofreció una jarra de agua, un asiento donde descansar, y la privacidad de la charla, para relajarte y ayudarte a despejar tu cabeza de fantasmas que surgieron por el exceso de soledad del camino.
Tú dudaste primero, y luego te diste cuenta de que mirabas un espejo donde tu imagen se convertía en la de esa mujer, peculiar y efimera, que cuando la miras a los ojos no eres capaz de distinguir si son marrones o grises, ya que todo depende de la luz.
Te dejaste llevar, y la besaste. Ella negó y dudó, temía violar su juramento, y pese a desearte, negaba la traición a sí misma, a sus verdades y creencias, aunque su entereza ya estaba fragmentada hacía muchos meses.
Ella sintió algo terrible, te miró a los ojos, tus ojos que se movían despacio, percibiendo cualquier movimiento, contabilizando elementos y posibles amenazas, pero cuando tus ojos se fijaron en los de la mujer, la roca comenzó a convertirse en arena mojada, y tus ojos que habían presenciado escenas terribles comenzaron a recuperar la vida, a fijarse en la belleza que habías dejado en cada paisaje, pensando en cómo superarlo, pellizcaste tus manos y creíste estar de nuevo ante una mala pasada del desierto. Pero era cierto. La mujer besaba tus labios, mordía tu alma, y tú volviste a ver germinar el color en sus labios, en el brillo del pelo de la mujer, en el arco de su espalda, estremecido por la carrera de las yemas de sus dedos.
El resto de esta historia solo pertenece a tu memoria, a la memoria de la mujer. La piel de la mujer ya tiene escritas las líneas de tus besos, entre las cuales duermen poemas sencillos y tiernos, suaves besos que reposan ahí, y crueles deseos, que no marchitan ninguna flor olvidada.
Tú sigues vagando entre las dolorosas arenas ardientes, la mujer se abraza a sus propios brazos, recordando aromas de un hombre que la quiso llevar al cielo, a un lugar único, con un trono hecho a medida, y ponerle una corona que no pesa, unos anillos que no oprimen sino acarician.
Tú ahora te pierdes en otros mundos, tocas tus labios, echando de menos el agua que bebiste de la mujer, hueles tus manos, echando en falta de nuevo el gozo, te miras en el espejo y ves otra vez tus ojos secos, sin lagrimas que aparezcan, sin la ternura de encontrar otras vez esos ojos, que cambiaban de color según el tiempo.
Ay hombre, andarás desnudo, sin que nadie te cobije, verás los paisajes, y ya no te sorprenderán. Las maravillas quedarán otra vez para los turistas.
No llores, un día puede que otra vez perdido en el desierto, te cruces con la misma mujer, y vuelvas a beber, a escribir con besos tus historias en su piel. Puede ser, y los poemas serán diferentes, sin rimas, sin mediciones, palabras o besos en estado puro, que solo podrán beberse por aquellos expertos labios tuyos, que siendo como espadas, cortaran el papel de las páginas del libro que es nuestra vida.
Quien - Ricardo Arjona
Buenísimos días querid@s y no tan querid@s,
Es viernes,
Qué jodido es pelear contra lo que sientes. Traicionarse a sí mismo es la más horrible de las soledades.
Necesito un café.
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