Con él siempre tuve el corazón a doscientos y esa sensación de que el cuerpo iba a estallarme. Desde el principio. Y hasta el final. Con él no conocía las medias tintas. Siempre me hizo perder la cabeza. Veía llegar su coche e intentaba acompasar la respiración, siempre me pasaba cuando le tenía delante. ¿Por qué era así solo con él? ¿Por qué tanta intensidad en cualquier cosa que hacíamos juntos? La intensidad me salía por los poros de la piel. Y eso hacía que la temperatura cuando estábamos juntos fuera de cero a cien en cuestión de segundos.
Recuerdo cuando abría la puerta de su coche y me subía. Esa vez llevaba un vestido de punto que me había comprado hacía unos días y ropa interior nueva, esa es siempre mi combinación favorita. Al entrar me cogió la cara y me besó como alma que llevaba el diablo. Intentaba estar serena y que no me estallara el corazón. Pero él aceleraba y en los semáforos acariciaba mi muslo sin ninguna educación. Y yo me perdía porque entre nosotros no existían las formas y los modales se quedaban detrás de cualquier puerta.
O cuando llamaba al timbre de su casa antes de tener las llaves, esperando a que abriese y ver sus ojos. Yo simulaba una seguridad pasmosa ante él, cuando la realidad era que hasta la última célula de mi cuerpo temblaba. Puedo aún cerrar los ojos y describir perfectamente su cara o su olor. Cuando le veía mirarme me sentía una diosa. Nos ardía la piel en el primer minuto de cualquier partido.
Pero a pesar de que él y yo nos encontramos y eso debería haber bastado porque es una premisa mágica, de que yo era su callejón sin salida y él mi salvavidas en medio del océano, fuimos al final el peor choque que cruzó el destino. Fuimos la peor opción de todas las opciones poco correctas. Me juró que me cuidaría, que mis pies nunca pararían y que siempre seríamos fuego de madrugada. No pudo ser. Las circunstancias cambiaron y nosotros también lo hicimos. Nunca creyó que su niña un día dejaría de serlo. Nunca le vió las orejas al lobo. Hasta aquel día que cerré la puerta. Le cerré la puerta con llave y candado. Y jamás hubo vuelta atrás. A pesar de que se lo había advertido, a pesar de que volvía de vez en cuando tirando piedrecitas a mi tejado. Sé que besó muchas bocas después de la mía pero ninguna le ha valido desde entonces. Yo ya se lo había avisado. Nunca pensó ni me creyó capaz de volar de su lado. Y no le culpo, yo tampoco me creía capaz. Pero lo fui. Y miradme, jamás volví la mirada para buscarle. A pesar del corazón destrozado, a valiente no me gana nadie. A pesar de que estuve rota, de que el dolor de corazón es el peor que hay porque te desgarra con un pellizco que te hace querer gritar, llorar y salir corriendo, de que volví a ponerme la coraza para volver a sentirme el caballero más fuerte de la corte y que nadie volviese a hacerme daño.
Desde entonces los sentimientos se me hacen bola, igual es porque siguen estando en el lugar equivocado. Que cierta esa frase de que con el amor no basta. Ni siquiera con uno enorme e infinito.
El flechazo y la secuela - Ricardo Arjona
Buenísimos días querid@s y no tan querid@s.
Es miércoles y como si fuera domingo a dios gracias.
Tengo un millón de cosas que contarte, pero tristemente ya no eres, ya no soy, ya no somos.
Café en vena.
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