lunes, 9 de julio de 2012

Religión y sexualidad



































Me confieso: vivo en pecado mortal.
 
 
La relación entre religión y sexualidad implica una moral sexual, entendida no tanto como parte de la moral general o común a todos, sino como la parte de la moral religiosa que implica restricciones u obligaciones al comportamiento sexual humano. Varía enormemente en el tiempo entre unas y otras épocas, así como entre distintas civilizaciones o culturas. Las normas sociales, los estándares de conducta de las sociedades en cuanto a la sexualidad, suelen ligarse a creencias religiosas de una u otra religión.
 
De acuerdo con esto, la mayor parte de las religiones han visto la necesidad de dirigir la cuestión de un papel "propio" de la sexualidad en las interacciones humanas. Diferentes religiones tienen diferentes códigos de moral sexual, que regulan la actividad sexual o asignan valores normativos a ciertas acciones o pensamientos cargados de contenido sexual.
 
Los puntos de vista entre religiones y creyentes individuales discrepan ampliamente, incluso dentro de los que se adhieren a la misma doctrina particular; desde el concepto que demoniza al sexo y la carne, como uno de los enemigos del alma, a la creencia de que el sexo es la mas alta expresión de lo divino. Estos conceptos teológicos no se traducen automáticamente en una mayor o menor relajación de costumbres, que en cada civilización tienen su expresión en las muy diferentes formas de matrimonio y de otras relaciones interpersonales institucionalizadas o no.
 
Algunas religiones distinguen entre las actividades sexuales que se practican para la reproducción biológica (algunas veces permitidas tan solo dentro del estatus marital formal y a cierta edad), y otras actividades practicadas para el placer sexual, que se califican de inmorales.
 
Sexualidad entre sexos diferentes, y específicamente la procreación se ve usualmente como el ideal de las religiones (de la mayoría de ellas). Se prohibe el adulterio y el contacto sexual durante el periodo de la menstruación.
 
Para la tradición cristina santidad y sexualidad son excluyentes, opuestas y contradictorias. Una curiosidad: El Papa Inocencio III sostenía que el espíritu santo se ausentaba de una habitación cuando una pareja casada mantiene relaciones sexuales, incluso si lo hacen con el objetivo de reproducirse, pues el acto sexual avergüenza a Dios. A esa creencia se debe la tradición de no mantener relaciones sexuales los viernes, en recuerdo de la muerte de El Salvador, el sábado por la Virgen María y el domingo por la Resurrección.
 
Mateo el Evangelista declaraba que es mejor hacerse eunuco en consideración al cielo. Para el ideal cristiano, el delibato consagrado lleva a Dios, sin trabas de preocupaciones y responsabilidades por la familia humana, esposa o hijos. Sólo los solteros están en condición de servir plenamente a Dios.
 
Por el contrario, el judaísmo no le otorga valor ni a la virginidad ni a la castidad de los cónyugues: una mujer es virtuosa para el judaísmo si tiene una familia numerosa. El ideal cristiano del celibato y de la virginidad es totalmente ajeno al judaísmo. La idea de que es mejor evitar el matrimonio o que los viudos no deben volver a casarse, o que el matrimonio es una medicina para la inmoralidad como sostenía San Agustín -para quien el acto sexual era un pecado apenas tolerable-, son impensables en el judaísmo. La procreación no es el único fin del matrimonio para el judaísmo. No es bueno que el hombre esté sólo. Estar sólo es para el judío una terrible maldición. El placer debe ser compartido. En el judaísmo, el amor ideal con una mujer, es con su cuerpo tanto como con su espíritu.
 
Una de las señales singulares que diferencian el ascetismo judío del ascetismo no judía, es la ausencia de la renuncia sexual autoimpuesta. La libido no es condenada, sin la energía de la libido la civilización estaría agotada. Para el judaísmo, un hombre o una mujer que, al casarse, hace votos de abstinencia sexual, viola el carácter de pacto matrimonial y ocasiona el sufrimiento del cuerpo. La tradición judaica afirma que el placer de su mujer es la obligación moral del marido. El amor es la búsqueda del otro porque sin el otro uno permanece como medio ser.
 
En cualquier religión, siempre las relaciones sexuales dentro del matrimonio, eso por descontado.
 
Las bases de muchos puntos de vista cristianos provienen de la idea de que la sexualidad humana fue creada por Dios con el propósito de la procreación y la intimidad que proporciona a una pareja sexualmente activa una relación íntima, emocional y espiritual , a través de la íntima relación física. De este modo, el sexo debe restringirse a una relación de por vida entre un hombre y una mujer. El matrimonio es un compromiso a una relación íntima y permanente como base sobre la que construir una familia estable. Dado el énfasis en la función reproductiva y la responsabilidad que involucra el sexo, las relaciones sexuales y los actos sexuales ajenos al compromiso matrimonial son desaconsejados -o incluso prohibidos- por algunas confesiones cristianas.
 
Desde la Edad Media, la Iglesia Católica ha requerido formalmente que los sacerdotes y obispos sean célibes. Sin embargo, el celibato es una práctica y una disciplina cuyos inicios se remontan a los orígenes de la Iglesia, aun cuando previamente no se requería de todos aquellos ordenados como sacerdotes. En este contexto, el celibato no es sinónimo de abstención sexual; el celibato significa que alguién no está casado; implícitamente significa que el célibe practica la abstinencia sexual ya que la doctrina eclesiástica condena las relaciones sexuales fuera del matrimonio.
 
En época reciente, la postura oficial del pontificado sobre el celibato se ha pronunciado en varias ocasiones, como respuesta a algunos movimientos católicos de renovación en torno al Concilio Vaticano II, y que plantean el celibato opcional, a veces con el desafío directo mediante la petición de secularización o la exhibición pública de curas casados o conviviendo con sus parejas.
 
A lo largo de la historia del papado se registran, varios casos conocidos de papas que, bien antes de ser elegidos o incluso durante sus respectivos periodos en el papado, tuvieron hijos, estuvieron casados o mantuvieron relaciones de índole sexual y conocimiento notorio.
 
El Islam concibe la sexualidad como un don divino y su práctica es equiparable a la limosna, la oración o cualquier acto piadoso. Se debe buscar el placer en sí, tenga o no como finalidad la procreación. El objetivo final es alcanzar la armonía sexual, ya que si se logra se consigue también la armonía espiritual. Ello supone rechazo a toda forma de ascetismo. Aceptada de forma tan tajante la sexualidad y su práctica, la primera preocupación de Mahoma fue llevarla por cauces admisibles, hacerla lícita a través del matrimonio.
 
El Islam no comtempla el celibato como práctica religiosa, y considera que el estado natural del ser humano es el matrimono. Pero el adulterio acarrea un severo castigo. Las relaciones prematrimoniales son consideradas pecado. Los contactos sexuales prohibidos incluyen el contacto genital con una mujer que esté menstruando, se permite, entonces, el beso. El sexo anal, dentro o fuera del matrimonio, está prohibido. La masturbación por la doctrina islámica está prohibida. La homosexualidad está prohibida. Los actos de sodomía son explícitamente castigados con la muerte. La sodomía es un crimen capital en Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Yemen, Sudán y Mauritania.
 
El sexo, de acuerdo con el budismo, no debería ser ni insanamente reprimido ni morbosamente exagerado. Siempre debería estar bajo el control de la voluntad, como lo está cuando se le contempla sanamente y se le sitúa en una prespectiva adecuada.
 
 
Creo que la sexualidad puede o debe ser aprendida.
Que quiero que esté presente a lo largo de mi vida. Que abarque al sexo, las identidades, el erotismo, el placer, la intimidad. Y sólo si yo lo deseo la reproducción.
Quiero vivirla y expresarla a través de mis pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales.
No quiero que mi sexualidad, ni la de nadie tenga que estar influenciada por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos ni espirituales.
Quiero dejar que interactúen la capacidad de sentir deseo, excitación, orgasmo y placer; con la vinculación afectiva, sentir, amar o enamorarme, sin tener que sentirme culpable por nada.

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