Cansada, aunque con propósitos.
Y es que si me siento mentalmente agotada, los impulsos se apoderan de mi timón.
Son muchos los factores que determinarán quién triunfará en mi pelea interior. Los que provocan que encienda el cigarro o no, o que determinan si acabo en el sofá o me voy a hacer ejercicio. De todos ellos, hay uno que es el rey: el cansancio. El agotamiento es el principal enemigo de mis propósitos. Creo que es fácil de entender. El sistema reflexivo necesita mucha energía para trabajar, mucha más gasolina que el impulsivo. Mi cerebro gasta una alta cantidad de combustible para reflexionar. Mi autocontrol precisa de energía mental, tan agotable como la fuerza muscular.
Si algo nos caracteriza a la mayoría de las personas que vivimos en sociedad, es nuestra apretada agenda. Los listados agotadores de obligaciones. El ajetreo diario que va consumiendo las energías y encima coleccionamos propósitos que solo por el hecho de proponerlos ya absorven más energías. Esa lucha con nosotros mismos es de lo más aplastante. En muchos casos sobreestimamos nuestra capacidad y a pesar de lo extenuados que vamos, pensamos que seremos capaces de lograr todos nuestros objetivos. ¡Qué inocentes!
¿No sería más sensato plantearnos ganar energías, descansar y luego empezar con los objetivos? Una buena fórmula para recuperar y acumular energía puede consistir en disminuir actividades, y otra, en vivirlas de forma distinta. No esforzarnos por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo. Resulta más atractivo. Sí. Dividiré mi objetivo en trocitos pequeños para no agobiarme tanto, me reforzaré cada vez que tenga un pequeño logro, elegiré algo que me guste para premiarme y no me castigaré cuando tropieze.
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