Al hablar de sexo nos gusta hacerlo desde el punto de vista físico o, incluso, casi más social, pero parece que nos cohibimos mucho a la hora de hablarlo desde el plano emocional.
No voy a entrar en un debate absurdo sobre si es mejor o peor el sexo sin amor o el amor sin sexo, solo quiero hablar de ese sexo que, de tan intenso, parece que nos hace parar el corazón.
Y es que nos pasamos la vida buscando la técnica o postura que nos haga llegar al cielo. El lubricante que consiga intensificar nuestras sensaciones, el vibrador que nos enloquezca, o el juego que revolucione nuestro deseo. Y no nos damos cuenta de que, a veces, nuestras propias emociones son el mejor aliciente para hacer del sexo algo único.
El sexo es una de las experiencias emocionales más intensas que podemos llegar a experimentar (si conocéis alguna otra, por favor, decírmelo). Y sucede así porque somos vulnerables, nos exponemos, nos entregamos al otro sin restricciones. Pero también es verdad que tal impacto solo sucede en contadas sesiones de sexo. No es lo habitual, claro está, pero a veces simplemente surge sin más. No hay una receta mágica. En cuestión de sentimientos no existen ejercicios, normas, ni pautas a seguir. Simplemente existen momentos que, por una razón u otra, nos marcan a fuego, no le busquemos explicación.
¿Sientes ese instante en el que apenas un roce despierta infinitos escalofríos, en el que una caricia nos transmite más que mil palabras, en el que un beso, es simplemente más que un beso? Nuestro yo racional nos abandona, y nos dejamos llevar totalmente por los impulsos, incluso a veces más de lo que deberíamos. No se puede parar, nos dirige la pura e instintiva necesidad, la ansiedad, las ganas de sentir más y más.
En ocasiones se trata de una chispa que surge por casualidad y, en otras, tiene que ver con nuestras circunstancias personales. Dos amantes que se reencuentran tras un largo tiempo, bien por la distancia, o bien por una ruptura que no fue definitiva. Y tras la larga espera, sus manos vuelven a recorrerse con ansia, pero con mimo. Casi beben el aire que respira el otro, mientras se devoran, se idolatran.
Otras veces se trata de una pareja que lleva toda la vida junta y que, tras un tiempo en que ambos han estado sumidos en sus rutinas, vuelven a mirarse y a verse, de verdad, por primera vez. y se besan lento, como la primera vez, para volver a sentir esas mariposas en el estómago. La pasión se transforma con los años, pero el deseo, si nos lo proponemos, puede ser mucho más intento en una pareja que se profesa un amor sincero.
En otras ocasiones puede tratarse simplemente de pura química. Dos completos desconocidos que se encuentran y que, al rozarse, sienten esa electricidad que nunca antes habían pensado experimentar. Todo es rápido, desordenado. Quizá no sea el orgasmo más largo, ni el más intenso de su vida, quizá ni siquiera lleguen al orgasmo, y sin embargo, todo su cuerpo sucumbe a una serie de sensaciones deliciosas.
Esto no son más que ejemplos, pero seguro que todos y cada uno hemos sentido alguna vez algo parecido. Seguro que alguna vez se os ha parado el corazón como a mí, haciendo el amor.
Y es que creo que los sentimientos son muy importantes en el sexo, y sin embargo, tendemos a huir de ellos. Nos da miedo sentir, porque nos da miedo sufrir. Miedo a implicarnos, a dar todo, si bien no siempre con la otra persona, sí con el momento. Pero es que si no sentimos no estamos vivos del todo. El sexo puede llegar a ser explosivo cuando nos dejamos llevar de verdad.
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