Supongo que ya nadie me explicará el significado de algunas palabras. Ni me cogerá de la mano por las calles de otoño como en esa portada de Bob Dylan. No llenaré la cabeza de nadie de nombres de amigas y de nombres de novios de amigas y de nombres de amigas de amigas de amigas para que se le olviden a los pocos minutos. Y desaparecerán de mi vida los tacos de solomillo y conceptos de fobiabilidad y sociopatía.
Y volveré a andar sola. Porque sola, sola de sin tilde, sola se anda a tu ritmo y no tienes que esperar a nadie. Y que conste que nunca me ha importado esperar.
La ley de Murphy querrá que coincidamos tú y yo algún miércoles de finales de octubre o a comienzos de noviembre; y seguirás inexplicablemente moreno y vendrán a mi cabeza imágenes ya lejanas de lugares idílicos.
Y será un desastre para mí: dos personas atrapadas en una claustrofóbica habitación. Y empezaré a temblar. Y se me pondrá la boca seca como siempre se me pone en cuanto me agobio por algo de lo que soy la responsable.
Y despúes me beberé una copa de vino, casi de un trago, aunque lo que en realidad me apetecería es un gin-tonic. Y de pronto sentiré al mismo tiempo una tristeza inmensa y ganas de escuchar El problema, y ver un montón de fotos de parece que hace siglos ya.
Y, en fin, desearé salir disparada de ahí y largarme no sé a dónde, esa es otra, subida en esa máquina que alcanzaba los 500km/h que usaban Charlie Sheen y Nastassja Kinski para escapar en Velocidad terminal, un thriller noventero bastante absurdo, y llegar no sé a dónde, apagar el móvil y ponerme a ver la televisión, pura droga dura en ocasiones, y que me encantaría recomendarte pero a lo mejor piensas que de qué árbol se ha caído esta cretina mandándote un whatsapp para que veas la tele después de toda esta escena.
Así que saldré a la calle sola, sola de sin tilde, y pediré un café solo, solo de sin tilde, y solo de con tilde, en el bar más cercano. Y pediré un segundo café.
Cogeré el coche, con el invierno a la vuelta de la esquina y el viento susurrándome "¿qué hay de nuevo, vieja?".
Y mirando por la ventanilla llegaré a la extraña conclusión de que a tu lado soy como poner de fondo a unas plantas coloridas y llenas de vida un disco de Nacho Vega para que crezcan: la teoría está bien, la práctica no. No sé, tú y yo estamos de acuerdo en teoría, pero en teoría funciona incluso el comunismo, en teoría. Y me atravesará la espantosa certeza de que soy yo. Que soy esa exótica chaqueta que me compré en un arrebato primaveral y que no pega con nada y que al final termino dejando colgada en el armario.
Y si esto fuera una película de cine negro, al llegar a casa me serviría un par de dedos de whisky sacados de la mesa de mi despacho y abriría la ventana mientras se cuelan sirenas de policía, el rumor de un local de jazz y el olor de los puestos de comida, pero ni yo soy Kate Beckett ni esto es Nueva York ni tú tienes alas, así que sacaré del frigorífico leche de soja, me tomaré un par de galletas María, me pondré Spotify y leeré un libro aleatorio hasta quedarme dormida con la luz encendida por miedo a que vengas a ajustar cuentas en mis sueños.
Y volveré a andar y el señor que anda me verá pensativa en el banco del parque y me dirá: "No le des tantas vueltas, chica. Sea lo que sea, seguro que no es tan grave". Y me tocará amistosamente el hombro.
Y yo me sentiré culpable por haberle odiado en secreto. Sabrá él...
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