domingo, 9 de noviembre de 2014

No es nada personal, es que hay nueve posibilidades


La vida cotidiana pone a prueba el equilibrio emocional cada vez que nos sentimos ofendidos por otra persona. Puede ser alguien del entorno familiar, un jefe o compañeros de trabajo, o incluso un desconocido que nos trata de forma que consideramos grosera.
A lo largo del día interactuamos con decenas de personas, lo cual brinda numerosas ocasiones para ofenderse y vivir con amargura. Porque lo peor de todo es que una vez producido el desencuentro, si no se hace nada para olvidarlo, el rencor puede quedar fluctuando por la cabeza durante horas... llegando a turbar incluso el descanso nocturno.
El enfado ante las actitudes de los demás es una pura elección. Prueba de ello es que hay personas que no se inmutan por nada, mientras que otras saltan ante cualquier comentario, gesto o mirada que interpretan como hostil. ¿Dónde radica la diferencia?
Creo que las personas susceptibles son aquellas que poseen menos empatía. Todo lo filtran según lo que harían ellas, y cualquier cosa que se salga de su propio código de conducta lo interpretan como un ataque.
Por ejemplo: a quien contesta los mensajes de su móvil de inmediato le parecerá una falta de educación que el receptor no reaccione hasta varias horas después. La ofensa se basa en una mera interpretación, ya que el ofendido presupone que su interlocutor no tiene ganas de contestar, cuando tal vez sencillamente está ocupado y no puede hacerlo.
Otros motivos de ofensa pueden ser una respuesta demasiado seca por parte de alguien o bien un tono de voz inadecuado.
¿Qué sucede en la mente de alguien con "piel fina" ante una situación que considera conflictiva?: El comentario o acción desafortunado despiertan ofensan pasadas, que pueden degenerar en un infierno mental; merma de la autoestima debido al papel de víctima que asume el ofendido, a partir de la idea de que aquello ha pasado deliberadamente para humillarle; deseo de venganza ante el daño recibido, lo que puede derivar en una discusión o en un silencio castigador para hacer notar al otro que nos ha herido; aumento de la ansiedad ante el cóctel de emociones negativas que se van acumulando.
Ante la tortura que supone pasar por estos estados mentales, a menudo debidos a una menudencia, hay un remedio de choque: el humor. El humor implica un replanteamiento de lo que ha sucedido. Reconocer una incongruencia en una situación puede ser humorístico y, por lo tanto, sanador.
Uno de mis grandes aprendizajes es que he aceptado que las personas de mi alrededor nunca se expresarán como yo lo haría, ni se comportaran como espero, y no pasa nada.
Incluso cuando no es una percepción, sino una realidad contrastada por todos, tenemos la oportunidad de endurecer nuestra piel ante el ataque para que no nos afecte.
La ira no puede cambiar el pasado o mejorar el futuro, así que ¿para qué sirve?
Las personas con la "piel gruesa" dedican poco tiempo a valorar cualquier posible roce o desaprobación; se centran en lo inmediato, y, especialmente, en aquellas cosas y personas que les satisfacen; no interpretan por qué una persona habla o actúa de cierto modo, se limitan a evaluar el hecho, de forma positiva o negativa, pero sin juzgar; son capaces de asumir críticas, por si les sirven para mejorar algún aspecto, y de desestimar las opiniones que no les resultan útiles.
Así que no te tomes nada personalmente.
Nada de lo que los demás hacen es por ti. Lo hacen por ellos mismos. Todos vivimos en nuestra propia mente; los demás están en un mundo completamente distinto de aquel en que vive cada uno de nosotros. Incluso cuando una situación parece muy personal, por ejemplo cuando alguien te insulta directamente, eso no tiene nada que ver contigo. Lo que esa persona dice, lo que hace y las opiniones que expresa responden a los acuerdos que ha establecido su mente.
Hemos sido domesticados. Es decir, tenemos prejuicios e ideas preconcebidas que vamos acumulando a lo largo de la existencia. Y lo peor que podemos hacer ante una persona que nos ofende -de manera objetiva o no-  es defender nuestras creencias, ya que con ello sólo lograremos aumentar y prolongar el conflicto.
Cuando no tomarte nada personalmente se convierta en un hábito firme y sólido, nos evitaremos muchos disgustos en la vida. Mi rabia, mis celos y mi envidia desaparecerán, y si no me tomo nada personalmente, incluso mi tristeza desaparecerá. Alguien puede enviarme veneno emocional de forma intencionada, pero si no me lo tomo personalmente, no me lo tragaré. Se volverá más nocivo para el que me lo envía, pero no para mí.
Mi relación con el mundo dependerá de lo que quiera ver en mi prójimo. Me puedo quedar con sus mejores virtudes o bien sentirme herida y decepcionada por aquella parte de los demás que no cumple mis expectativas.
Si soy objetiva, descubriré que lo que en realidad me ofende es cómo considero que deberían comportarse los demás. Sin embargo, el sentirme ofendida no alterará los comportamientos de los demás. Mi ego insiste en que tengo derecho en sentirme ofendida. Y esos juicios derivan de una idea falsa de que el mundo debería ser como yo soy y no como es.
Dejemos de dictar rígidamente lo que los demás deberían sentir, pensar y hacer y así evitaremos muchos enfados y decepciones, y liberáremos una energía preciosa para construir relaciones saludables desde la empatía, el humor y la serenidad.
"La paz interior empieza cuando eliges no permitir que otra persona o evento controle tus emociones". (Proverbio oriental)






2 comentarios:

  1. Y pregunto yo, ¿por qué en lugar de dar consejos no te aplicas el cuento?
    No te recuerdo liberada de tu rabia ni enfado. Será que has madurado mucho en estos últimos años.
    Yo, por mi parte, prefiero seguir siendo de piel fina y perceptiva.

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    1. Es tu elección, ni mejor ni peor, la tuya.
      Repito: yo acepto que las personas de mi alrededor nunca se expresarán como yo lo haría, ni se comportaran como espero, y no pasa nada.
      ¿El mundo, las personas tienen que ser como tú esperas? El mundo y las personas son como son y no como queremos que sean. Yo lo acepto así. Y las quiero así.

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