martes, 28 de julio de 2015

Mecedoras



Me faltó la mecedora para buscar una excusa para justificar porqué iba y venía sin moverme de donde estaba.

Me faltaron muchas cosas en un momento de mi vida. Me faltaron tantas cosas que dejé, hasta de ser yo.

Recuerdo un cielo negro con nubes de plomo. Y llovía un denso alquitrán que ardía.

No importaba. Lo resistiría todo porque ya no era nada. Y la nada no existe, salvo como concepto abstracto y vacío que explica la existencia de otra cosa que se llama algo.

Las nubes de plomo crecían y perdían su altura hasta cubrir por completo mi cabeza. Era imposible respirar.

Una mujer no puede respirar plomo.

Pero tampoco era una mujer.

Si hubiese tenido una mecedora hubiese sido menos estática, hubiese parecido que estaba menos congelada. Había que fijarse mucho para saber si estaba muerta o muerta.

El brillo de los ojos eran lágrimas artificiales que de vez en cuando me ponían cuando pasaban por allí, los guardianes de la intolerancia. No tenían apenas conversación pero eran impresionantes con sus guadañas y sus uniformes tan bien planchados.

Alguna vez daba la impresión de que todo lo que veía se derrumbaba. Y de manera incomprensible, los escombros formaban caprichosamente edificios con formas muy parecidas a los anteriores.

Me había descuidado, ya no podía sonreir.

Me aburría esperar el final biológico de mi cuerpo. Ya había visto varios millones de veces mi alga morir de millones de maneras, bueno, la verdad es que siempre moría de muerte natural.

Y tan natural, dolía tanto que lo natural era que se muriese.

Me dijeron que sanaría con tiempo y medicación. Me encantaban los colores de la medicación. Eran muy combinables a la par que atrevidos. Y debían ser unas pastillas excelentes, en el blister cada una se identificaba con un día de la semana. No me digáis que eso no es super exclusivo.

Y me sentía muy valiente cuando uno de los guardianes me leía los efectos secundarios, algunos incluían vomitar tinta negra en una pared negra.

Pasó el tiempo.

Y dicen que estoy curada.

Yo creo que no del todo.

Aún sigo pensando que me faltó una mecedora.

Para ir y venir. Sin moverme.




Buenísimos días querid@s y no tan querid@s,

Se ha terminado la inconsecuencia del espíritu y la claridad del pensamiento.

Es martes.

¿Te tomas un café conmigo?




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